domingo, 15 de enero de 2017

De un nuevo paisaje

Hasier Larretxea, De un nuevo paisaje. Stendhal Books. 2016. 150 páginas. 18 euros




Hasier Larretxea se dio a conocer en todo el territorio nacional con el poemario bilingüe Azken bala/La última bala (Point de lunettes, Sevilla, 2008), donde el poeta navarro (Arraioz, 1982) aborda sin tapujos y hasta con ironía el tema de la violencia terrorista, lo que suponía una auténtica novedad en el género lírico, al menos, en lengua castellana. Llamó la atención de inmediato. Personalmente, nunca olvidaré ese libro, porque se abre con una cita mía, de Napalm (Hiperión, 2001). Fue un honor que mis palabras fuesen el pórtico de una obra tan valiente, tanto por el ataque –sarcástico– a los integrantes de la izquierda abertzale, como por el intento de disuadirlos de sus actitudes violentas por medio de argumentos lógicos o emocionales. Destacan versos como: “Construyamos un pueblo,/ aunque para ello/ tengamos que destruirlo todo./ Aunque ya no nos quede/ sobre qué construir” (pág. 67). 

A este poemario siguió Niebla fronteriza (El gaviero, 2015), título de mayor calado y un paso definitivo en la poética del autor. Hasier localiza los textos en el valle de Baztan, donde pasó la infancia. Este extenso poemario (120 páginas) inaugura dos temas capitales en la obra del poeta navarro: el paisaje y la memoria familiar. Ambos constituyen uno de los pilares de su libro más ambicioso, hondo y logrado: De un nuevo paisaje (Stendhal Books, 2016). Pocos autores treinteañeros son capaces de armar un libro de 150 páginas, de publicarlo en una editorial independiente de nueva creación (2014), de adentrarse en un proyecto con altura de miras y sin pensar en otro premio que no sea el de la satisfacción por la meta alcanzada, el de la alegría por haber salido ileso del descenso a la memoria compartida, a las dudas y temores que asaltan a uno o a la convulsa política internacional. Hasier es un hombre fiel a sí mismo, le interesa sacar adelante poemas arrancados a la vida, textos verdaderos donde resuenen la aldea, el bosque, el río, la oveja ahogada; por más que eso signifique ir a contracorriente. 

El libro se divide en cuatro partes. Paisajes de retorno recupera recuerdos a través de las localizaciones espaciales. La naturaleza simboliza la muerte (“QUE la oveja se apartó del rebaño para morir”, pág. 28, uno de los grandes poemas del conjunto) y el deterioro (“EL transcurso de las estaciones”, pág. 34), entre otros conceptos. Con un estilo sereno, susurrante, tranquilo, el sujeto lírico describe su mundo con precisión (“Las cruces que sobresalen/ alrededor del cementerio/ son axfisiadas por la expansión/ de la maleza y la cobertura del musgo”). No falta la crítica en clave ecológica o la celebración de la figura del leñador (precioso texto: “HABLA de raíces, troncos y maderas. Como guía./ Habla dirigiendo sus curtidas manos / hacia el árbol milenario… Habla desde y para el bosque”.) En Paisajes interiores se produce un movimiento de repliegue. El arrepentimiento, la culpa, el erotismo, la lucha contra las convenciones, la búsqueda de la fortaleza interior (“Que nadie se interponga entre tú y esa visión/ de la claridad”), o el miedo (“Yo también/ pinté desde preescolar/ el escudo que me protegía/ de los rayos intempestivos,/ de las espadas de madera/ afiladas a contraluz”), son algunos de los temas que se tratan ahora. Se alternan los poemas largos con los breves, recurriendo siempre al verso libre, de metro corto. En un paisaje devastado se abre a la contemplación del mundo exterior: refugiados, víctimas de genocidios (Sarajevo –Bosnia–, 1993; Palestina, 2011; Gori –Georgia–, 2008), o fotoperiodistas comprometidos (Gleb Garanich). El lema ético de la sección queda recogido en los versos: “Portar sólo la sangre/ que emana/ uno” (pág. 127). Finalmente, Paisajismo se ofrece a modo de compilación de dieciséis aforismos. La columna vertebral de De un nuevo paisaje, que recorre elementos tan dispares como lo descritos, la constituye el dolor. 

Hasier Larretxea ha escrito un libro muy completo. Si bien es verdad que la sintaxis de algún poema resulta farragosa (ya sea por la acumulación de oraciones subordinadas, lo que acaba dificultando la comprensión, o por la retahíla de sintagmas preposicionales, que dota a ciertos textos de una estructura monótona), lo cierto es que algunos poemas son realmente buenos, de los que gusta releer de vez en cuando. Y eso, a día de hoy, es un lujo para cualquier lector de poesía.


Nota para los editores: un breve apunte bio-bibliográfico sobre el autor del libro no hubiera estado de más.

Esta reseña ha sido publicada por La Tormenta en un Vaso. Enlace al original, aquí






domingo, 8 de enero de 2017

José Ignacio Montoto, In memoriam



 
El 28 de abril del 2011 tuve el honor de presentar el nuevo poemario de Nacho Montoto, Superávit, en la librería La independiente. Aquella fue la primera vez que nos vimos. Nuestra amistad, desde entonces, fue creciendo al ritmo de nuestra complicidad y de nuestros proyectos comunes.

Este es el texto que escribí para la ocasión:

En el año 2005, de la mano de los ilustradores y poetas Antonio García Villarán y Nuria Mezquita, nació una editorial independiente que poco a poco, a golpe de catálogo, se está abriendo un camino por la selva de la industria del libro: Cangrejo pistolero. En su nómina de autores los hay ya conocidos por sus incursiones en varios géneros literarios (Sofía Rhei, Gracia Iglesias, Luna Miguel). E incluso alguno ha publicado con ellos más de un libro. Este es el caso de Nacho Montoto, autor del poemario reversible Espacios insostenibles/ Mi memoria es un tobogán (2008), de la novela Binarios (Sim Libros, 2009) y de Superávit.

Los poetas son conscientes del destierro de la Arcadia, de la pérdida de la Edad de Oro. Tratan de señalar con sus obras el conjunto de lacras del mundo en que se encuentran. Carecen de un locus amoenus. No creen en la existencia de lugares apacibles. Viven traspasados por la soledad, la incomunicación y el desarraigo. Y precisamente para eso escriben, para denunciar y modificar el estado de las cosas.

Con todas estas piezas Montoto ha armado una obra sobre el amor, la indiferencia y el derrumbe de puentes entre dos amantes.

El sujeto lírico del libro entabla un diálogo virtual con una interlocutora pasiva. La receptora de los poemas es un ente callado del discurso. No asume la palabra. Ni siquiera está claro que los pronombres designen la existencia de su realidad fuera del texto. Es un fantasma que habita en el recuerdo, una imagen que deambula por los pasadizos de los poemas, que arrastra su memoria por los túneles de los fragmentos en prosa. El formato del libro, su diálogo diferido con al destinataria del mensaje, es un intento de comunicación igual de contraproducente que el ensayo a través del móvil o del portátil. Así, leemos en Ilustraciones coherentes (VII): “Escribir tu nombre sobre una pantalla táctil. Deslizar mis dedos sobre una superficie plana que contiene tu nombre. No, no es tu nombre, son sólo letras agrupadas en el interior de una minúscula pantalla de 3,2 que intenta imitar el brillo de tus ojos”, o en Ilustraciones coherentes (VIII): “Besarte tras la ventana […] Pasar las horas muertas esperando que aparezcas tras esta falsa cristalera”. El uso de la tecnología no garantiza la comunicación. Internet conecta a las personas con el mundo, pero no necesariamente con el entorno inmediato. En los textos de Montoto, el sujeto que enuncia, pese al uso de los nuevos soportes para el envío de textos, vive en un aislamiento emocional, porque no hay intercambio de información. Su soledad es la nuestra, es una soledad contemporánea, la del hombre y la mujer del siglo XXI, una soledad demasiado hiriente porque nunca el vacío ha estado lleno de tantas posibilidades.

Los símbolos del libro (la “intemperie”, la “deriva”, las “enanas marrones”) remiten a la frustración de las expectativas afectivas de la voz que habla en los poemas. De algún modo, Superávit es el reverso del cuadro El grito, de Munch. El personaje pictórico lanza un alarido triste y repleto de angustia que los espectadores no escuchamos. La pincelada es gruesa y su trazo es enérgico. El personaje literario, en cambio, dice estar rodeado de silencio, pero el silencio contiene palabras que oímos. El modo oracional de muchos textos es interrogativo, dubitativo… Es decir, Nacho Montoto expresa el vacío con la sensibilidad de su época. Su criatura de ficción acepta el cambio, la inseguridad de los conceptos, como partes ineludibles del hecho de estar vivo (“Es la vida –define– una bomba inofensiva. Quizá la broma fallida de un payaso”, del texto Ilustraciones coherentes (V). Y ahí estriba su actualidad: igual que nosotros, hace equilibrios encima de una ola, porque las cosas nunca permanecen.

En mayo de 2013 publicaba en El rompehielos la reseña de su último libro de poemas, Tras la luz, publicado por La Garúa. Este nuevo libro viene firmado por el nombre completo del poeta, que se despega así de su obra anterior. El salto cualitativo es tan grande que hizo muy bien en simbolizar esa zanja divisoria. Como en el caso anterior, Nacho confió en mí para presentarlo, esta vez, en La Marabunta (16 de mayo de 2013)

Dejo aquí mi reseña del libro:

La primera etapa creativa de José Ignacio Montoto puede catalogarse de figurativa, a ella pertenece, entre otros, Superávit  (El cangrejo pistolero, 2010). En esta obra predomina el discurso intimista, el texto en prosa, la interlocución con una destinataria pasiva, la alusión a las nuevas tecnologías para mantener relaciones sociales y el tema amoroso. Su estilo es narrativo, directo, a veces incluso demasiado coloquial. Con su nuevo poemario, Tras la luz (La Garúa, 2013), inaugura una segunda etapa de mayor altura poética, de la que habrá que estar pendientes. Sus textos han ganado en plasticidad y en poder de seducción. Montoto se despoja del yo, del desahogo sentimental y cede la palabra a un narrador en tercera persona que fija su mirada en el mundo. Nada escapa a su espíritu curioso. Con pequeñas pinceladas va dibujando escenas muy evocadoras. Los protagonistas de estos poemas enigmáticos son niños, amantes o girones de entornos urbanos o naturales. Montoto multiplica sus registros. Tan pronto nos revela una voz delicada como hiriente. También aumentan los efectos psicológicos que producen sus textos: nos transmiten angustia, vacío, soledad, inocencia, protección o inquietud.     

    El libro se articula en cuatro partes: Refracción remite a un cambio de rumbo, a la negación de expectativas (existenciales, afectivas). Propagación se centra en el progresivo deterioro de una relación. Del sexo pasamos a la pérdida de interés. Asistimos a un avance en línea recta hacia la frustración y la ruptura amorosa. Interferencia nos habla de perturbaciones producidas por recuerdos e imágenes. Reflexión coloca al sujeto lírico delante de un espejo que lo devuelve a los días de infancia y lo empuja al abismo de su desaparición.

Destacan en la obra un conjunto de textos muy potentes (“busca un rincón y encuentra”, “cero absoluto”, “niños que dibujan un sol”, “no sé si es circunstancial el lazo que nos une” y “un mar de cráneos aplastados”), situados –acertadamente– en los principios o finales de las secciones, lo que genera ritmo e intensidad. 

Poemario coherente, hondo, conciso y ambicioso, Tras la luz merece la atención de los lectores. Se trata de una obra escrita con mimo, en la que Montoto ha asumido el riesgo de transformar su voz, de reiventarse. Su valentía ha vencido a la inseguridad. Ha luchado por ser el autor que deseaba. Su inconformismo nos ha dejado un libro que no elude el dolor. Seguro que se trata del prólogo de muchas obras más llenas de vida y de belleza.

El mejor poemario de Nacho es, sin lugar a dudas, La cuerda rota (Renacimiento, 2014). Tuve la suerte de leerlo de primera mano, antes de que ganase el Premio Andalucía Joven. Esta obra constituye una vuelta de tuerca en su obra lírica. Es su poemario más bello y original. Ahonda en la plasticidad y en la sugerencia de su libro anterior (Tras la luz), pero se atreve, incluso, a nadar hacia otros horizontes. Las continuas alusiones poéticas, pictóricas y bíblicas aumentan la capacidad connotativa de los textos, los revisten de nuevos significados. La elección del versículo también fomenta el diálogo con la tradición lírica francesa (los poetas malditos) y con las Sagradas Escrituras. El ritmo y las imágenes dotan al libro de un aura legendaria, mítica, que seduce a los lectores. José Ignacio Montoto ha explorado con acierto, sutileza y sensibilidad el corazón de la mujer. Este es un acierto de la obra. Supone un gran ejercicio, por su parte, de identificación y de empatía. Con él, su voz se agranda y demuestra que no conoce límites. Algunos de los poemas son auténticas joyas. Vanilla sky, Hilos y huesos o Espejos y mariposas merecen entrar en las mejores antologías de la última hornada de poetas. Soberbios. La dulzura y la elegancia con que están escritos no tienen parangón. Todos ellos exportan un modelo de belleza. El libro, de estructura circular, relata una historia (sueño o pesadilla). Los poemas se adentran, progresivamente, en asuntos como el desamor, la nostalgia, el tiempo, la memoria, la muerte, la ruptura, el arraigo (cultural), la melancolía y el destino aciago. De la ternura de los primeros textos se pasa a la perturbación y al misterio de los últimos, pero el tránsito es lírico y sutil. A través de los poemas, el autor reconstruye el espacio interior de una mujer sensible y fuerte. Equilibrada. Moderna. El poemario es una delicia. Por su brevedad y exquisitez podríamos considerarlo toda un delicatessen. Al trasluz de los textos vemos a Virginia Woolf, a nuestros clásicos, a Alejandra Pizarnik… José Ignacio Montoto ha cosido su voz a lo más granado de la literatura universal, y esos ecos lo han dulficicado, lo han robustecido. En La cuerda rota el poeta ha dado rienda suelta a su imaginación, que se ha desbocado. 


VANILLA SKY


El cielo a medio hacer. El cielo: una flor abierta con el sexo a
  la vista.

Una flor en carne viva.

Desde mi ventana intento podar las malas hierbas. Tienen
   forma de nubes, se escapan entre mis dedos, llueven sobre
   mí.

Mientras tanto, observo la bóveda en almíbar.

Una oruga sisea nuestros nombres en la tarde.

Bailan los pájaros en torno a la ropa tendida. Se posan sobre
   mis bragas, las impregnan de vainilla y tierra seca.

Olemos a fruta podrida en este verano tardío. Madura el
   desamor dentro de casa, precipita nuestros labios hacia el
   abismo.

Sé que el corazón es una manzana mordida.

Pero el amor, ¿el amor?

A diferencia de las rémoras, el amor es un parásito que
   poliniza nuestra existencia.

Ansiamos el otoño.

La lluvia traerá consigo nuevas semillas de luz dispersa.
   Germinarán vacíos en mi vientre y durante ese tiempo nada
   sabré de ti.

La ausencia huele a incienso y barro fresco.

Rota nuestra bóveda, mi cuerpo languidece. Apenas
   habitan en mí un par de cicatrices abiertas de las que
   brotan pequeñas luciérnagas con cara de niño.

Es un sueño, nuestra vida.

Lo que queda.

Manchas de tierra seca en mis viejas ropas, floribundas tardes
   de vainilla. 
 

La trayectoria lírica de José Ignacio Montoto era ascendente e imparable. La cuerda rota es un libro extraordinario que dio al poeta la proyección que tanto merecía y por la que tanto luchaba, verso a verso, libro a libro. Su repentina muerte esta mañana, con tan sólo 37 años, ha detenido una voz que volaba en trayectoria única, cada vez más alto.





sábado, 7 de enero de 2017

Reseñas de libros de relatos



En estos cinco años transcurridos desde que puse en marcha los motores de El rompehielos, he reseñado los siguientes libros de relatos:

Autores españoles

Los que duermen, de Juan Gómez Bárcena. 2012. Aquí.
A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales. 2012. Aquí.
Todo irá bien, de Matías Candeira. 2013. Aquí.
Contratiempos, de Pilar Tena. 2014. Aquí.
Estrómboli, de Jon Bilbao. 2016. Aquí.

Autores extranjeros

El ángel esmeralda, de Don DeLillo (Estados Unidos). 2013. Aquí.
Nostalgia, de Mircea Cartarescu (Rumanía). 2013. Aquí.


miércoles, 4 de enero de 2017

Poesía hispanoamericana actual



Fue a partir de mi viaje a Colombia en 2015 (invitada a participar en el XXII Encuentro Internacional de Mujeres Poetas, en Cereté), que comencé a leer a los autores hispanoamericanos de mi generación.

Estos son los poemarios que he reseñado hasta ahora (publicados en España en 2016):

Anémona, de Jamila Medina Ríos (1981, Cuba). Aquí.
Construcción de los sombreros encarnados, Siomara España Muñoz (1976, Ecuador). Aquí.
El álbum de las rejas, Omar Pimienta (1978, México). Aquí.
La luz impronunciable, Ernesto Kavi (1981, México). Aquí.

Y estas son las poetas que he ido antologando:

Jamila Medina Ríos (1981, Cuba). Aquí.
Betsimar Sepúlveda (1974, Venezuela). Aquí.
Cindy Jiménez-Vera (1978, Puerto Rico). Aquí.
Beatriz Vanegas Athías (1970, Colombia). Aquí.
Yirama Castaño (1964, Colombia). Aquí.
Mara Pastor (1980, Puerto Rico). Aquí.



martes, 3 de enero de 2017

En las aguas de octubre

En las aguas de octubre, Marta López Vilar. Bartleby. 2016. 77 páginas. 10 euros.


Una de las tradiciones poéticas de las que bebe nuestra lírica es, sin duda alguna, la helena. Podríamos rastrear, sin perdernos, su huella a lo largo de la Edad Media hasta la actualidad. Nosotros somos griegos, culturalmente hablando. Nuestra patria sentimental e intelectual es Grecia. Nuestro origen remoto. Sus mitos nos explican, sus héroes simbolizan nuestras pasiones y debilidades. Vivimos en el suelo que protegía Span, el sobrino de Heracles. Vivimos transitados por las lecturas de Homero, de Safo, de Píndaro; y de sus descendientes romanos: Virgilio, Ovidio, Catulo. Somos descendientes de Telémaco, de Ulises, de Penélope, de Dido, de Eneas, de Ariadna, de Apolo, de Faetón; como antes lo fueron Garcilaso, Hölderlin, Keats o Kavafis. Nos recorre lo apolíneo y lo dionisiaco, lo puro y lo turbulento. Entre los poetas españoles helenos más recientes contamos con Aurora Luque y Juan Antonio González Iglesías. Mi tercer poemario, Apátrida (Hiperión, 2005) establece un diálogo con la Odisea y la Eneida (reseñas, aquí y aquí). Ahora acaba de publicarse el último eslabón de esta larga cadena lírica, un libro exquisito, de palabra exacta y emoción contenida, que hace un inventario de la ausencia: En las aguas de octubre, de Marta López Vilar. Con pocas imágenes, pero de una gran plasticidad y capacidad de sugestión (la nieve, el desierto, la caracola, el río, la ceniza, la niebla, el mar), la autora nos habla con sencillez (con humildad) de grandes conceptos (identidad, patria, destierro, muerte, regreso, desposesión), evocándonos emociones comunes a todos (soledad, nostalgia, vacío). Marta López Vilar recurre en la mayoría de los textos a la mitología greco-romana, que sirve de amplificador emocional. Como los antiguos humanistas, se apropia de la Antigüedad y la funde con su propio presente. Será la competencia cultural del lector la que otorge mayor o menor profundidad a los poemas. No obstante, para disfrutar de los mismos basta con dejarse seducir por sus imágenes, sus aliteraciones (sibilantes, líquidas): “he cruzado el desierto /…/ Cada día sé que tengo el mismo destino que esa tierra:/ esparcirme en mil pedazos y no llegar a parte alguna”. Estos versos ya son de por sí desoladores, pero si, además, conocemos el mito al que alude el título (La muerte de Dido), entonces la reina de Cartago se convierte en caja de resonancia que intensifica la desesperación por la ausencia de un proyecto de vida. En el poemario se repiten, a modo de letanía, algunos adjetivos acordes tanto con la serenidad que muestra el sujeto –polifónico– que enuncia (limpio, blanco), como con los temas que aborda: la pérdida, la extinción, la negación de expectativas (oscuro, blanco, impuro). Hay algo en la selección del léxico, que me recuerda a Javier Lostalé o a Antonio Crespo: eufónico, cargado de hondura. En las aguas de octubre es una obra deliciosa y rotunda, el final de Níobe (cuyos hijos fueron asesinados por Apolo y Artemisa,  quien fue convertida en piedra) lo ejemplifica a la perfección: “Lentamente dejo de sentir el calor tierno/ de tu cuerpo junto al mío./ Es más cruel la piedra que la muerte./ Ahora comienza y arde mi castigo: llevarte en este corazón / que ya no siento”. Por fortuna, los lectores gozamos de un poemario así, tan hermoso y cohesionado, cuyos versos iluminan y hieren. 



lunes, 19 de diciembre de 2016

La luz impronunciable

 La luz impronunciable, Ernesto Kavi. Sexto Piso. 2016. 126 páginas. 16 euros.


Escribía George Bataille: “La angustia, no menos que la inteligencia, es un medio de conocimiento”. La luz impronunciable, teñida de dicha emoción, trata de alcanzar la sabiduría y de encontrar las razones que empujan a unos hombres contra otros, pero el intento es en vano: “sólo hallé/ en mis labios desolación”. Ernesto Kavi parece dialogar con la aspiración –igualmente frustrada– de Juana Inés de la Cruz por comprenderlo todo (recuérdese el Primero sueño); así como con la agonía de Miguel de Unamuno, para quien el conocimiento suponía una fuente de sufrimiento. “Todo el saber/ es dolor”, sentencia el mexicano; mientras que para el rector salmantino, la conciencia es “tormento”. Con estos ecos aúreos y contemporáneos, entre otros que veremos en breve, Ernesto Kavi teje un texto potente, que indaga y ahonda en la luz y en la oscuridad de la vida en la Tierra. La simbología del libro hunde sus raíces es la estética sanjuanista (la llama y la noche), si bien el poemario no es, en absolusto, una obra que podamos tildar de mística; es decir: la voz que enuncia no busca a Dios, ni se transforma en la divinidad, ni apela al recogimiento interior para purificarse, enmendarse y perfeccionarse, ni transita por las tres vías tradicionales de la mística medieval (purgativa, iluminativa y unitiva). Lo que sí encontramos, y se trata de una gran acierto de Ernesto Kavi, es una incorporación de imágenes y citas de cuño clásico –y hasta bíblico– a su propio mundo poético. Así, merodean por los Cantos del libro sintagmas como “ciervo vulnerable” (que juega con el “ciervo vulnerado” de San Juan) o “mi amado”, y oraciones como “Los dormidos de corazón/ ¿hasta cuándo dormirán?” (que remiten a la vez a San Pablo y al coro de escritores ascéticos-místicos del siglo XVI, desde Pedro de MedinaLibro de la vida, 1548– a fray Luis de León: ¡Oh, despertad, mortales!”, Noche serena). Ernesto Kavi recurre al sortilegio hipnótico de una imagen que se repite a los largo de los Cantos para envolvernos en una sinfonía (“Bajo el sol”). Con un estilo sobrio, nominal, enumerativo, limado al máximo, simbólico y falto de signos de puntuación, la voz que enuncia nos informa de que ha sido testigo de lo malo y lo bueno de la Humanidad. De la destrucción inicial, la voz se reconcilia con nuestra especie dando gracias al amor y a la naturaleza. No falta en el libro un hermoso carpe diem cercano al Cantar de los Cantares.  

Decía Clara Janés que la poesía y la mística se parecen en su carácter errático, ambas dan un rodeo a ciegas en torno a un “elemento fugitivo”. La experiencia de vida, en este caso, es lo inefable (de ahí el título de la obra). Precisamente por eso, este libro –que apenas sugiere, connota, aquello que pretende– es tan bello.      




Esta reseña ha sido publicada por La Tormenta en un Vaso. Enlace al original, pinchando aquí.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Mis poemas, traducidos al portugués



En 2009, Antonio Miranda -director de la Biblioteca Nacional de Brasília, Brasil- me tradujo al portugués la Poética de mi segundo libro Napalm. Cortometraje poético (Premio Hiperión, 2001). Para leerla, pinchad aquí.

Y en 2015, Marcia Pfleger tradujo para la revista brasileña Mallarmargens algunos textos de mi quinto poemario (cuarto en orden de publicación): La Guerra de Invierno (Premio Internacional Miguel Hernández-Comunidad Valenciana, Hiperión, 2013). Para leerlos, pinchad aquí.