lunes, 13 de mayo de 2013

Vivo en lo invisible



En el año 2009 encontré, de casualidad, en una librería de Dublín un libro que me atrajo con fuerza: I live by the invisible, una antología de poemas selectos de Ray Bradbury. Aquella coincidencia tuvo en mi vida consecuencias imprevisibles y excepcionales. La obra no estaba traducida al español. Me costaba creerlo, la lírica de unos de los grandes narradores norteamericanos del último siglo permanecía inédita en la lengua de Cervantes. Y me confabulé con mi pareja para remediarlo. En 2010, Ruth Guajardo y yo emprendimos la aventura de su traducción. Hoy en día, gracias a la apuesta de Salto de Página, el libro está en las calles.

¿Qué distingue a Ray Bradbury?
 
Hay autores que escriben con un ojo en el mercado y con la oreja pegada a cuanto está de moda, que escriben libros sin alma. Frente a éstos, los hay que se conocen, que ya saben cuál es su identidad literaria, qué temas les preocupan y obsesionan, aquellos incendios o fuegos diminutos de los que luego hablarán con pasión, en mareas de palabras que arrastrarán con ellos a los lectores. Imposible escapar de la resaca cuando el oleaje emerge del fondo de uno mismo, con la fuerza de la sinceridad, y las aguas transportan el amor, la furia y el miedo que asolan las entrañas de quien escribe. Ese ímpetu arrastra, voltea, hunde e inunda a los hombres y mujeres que se asoman, en busca de emociones, a las playas de los verdaderos escritores. Allí siempre encontramos una bandera roja señalando el peligro de inmersión en las altas mareas de la vida. Nadie escapa de un libro si te empuja, con vigor animal, a la arena submarina, donde lidia el autor con la muerte, con el paso del tiempo, la vejez, la memoria o la injusticia. Pocos son los escritores que se llenan las manos de sangre, que levantan polvo a cientos de kilómetros bajo el nivel del mar. Se les reconoce porque “sabían divertirse trabajando”. Gracias a sus obras, los lectores, después, se encuentran más seguros en el mundo, más fuertes, más preparados para sobrevivir bajo la luz del sol y las estrellas. Bradbury es uno de ellos.

Escribía llevado por la voracidad. Sus poemas son relámpagos. Energía. Tensión. Una veloz descarga que estremece la sangre. Sus poemas emocionan y duelen porque son sinceros. Nos habla de sí mismo, de sus miedos, recuerdos y nostalgias. En cada verso aletea la vida. No es autor que use máscaras o que imposte la voz. Se nos presenta con los brazos desnudos, cubiertos por el polvo del pasado y anhelantes de nuevos arañazos. Si lo lees, el niño que fue Bradbury te mira desde el fondo de los versos. El anciano respira. ¿Le concedes el sueño de la inmortalidad?  

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