domingo, 24 de agosto de 2014

Intento de escapada



 

Anagrama. 2013. 248 páginas. 16´90 euros.

¿Qué entendemos por Arte? ¿Cuáles son sus límites? En los tiempos que corren es la mirada del receptor la que otorga o retira el rango artístico a los objetos. Ninguno es, de entrada, estético. Nosotros le conferimos ese valor. Los objetos instrumentales, por ejemplo, pueden tener un uso artístico cuando suspendemos su interpretación usual y los identificamos con una categoría estética. Su belleza nace de la muerte de su utilidad. Así las cosas, ¿podría considerarse una “obra magistral” una caja, un contenedor en medio de una sala de exposiciones? ¿Y si encerrase en su interior a una persona? ¿Y si se tratara de un inmigrante sin papeles? Miguel Ángel Hernández aborda estos asuntos en su ópera prima Intento de escapada. En la novela, un estudiante de Bellas Artes se convierte en colaborador de un polémico y afamado artista, Jacobo Montes. Para éste, lo verdaderamente importante de una instalación es la potencia de su significado simbólico, de sus metáforas. Más allá de la realización física, lo relevante descansa en la idea que sustenta la obra, en su mensaje político y en su dimensión poética. El joven Marcos comparte este ideario, hasta el punto de no ver necesaria la ejecución de un proyecto, basta con sentir la experiencia que lo acompaña, porque al final el resultado frustra un poco. No obstante este punto de intercesión, según avanza el libro las posturas toman distancia. Y las preguntas cada vez irrumpen con mayor frecuencia. ¿Puede el Arte cambiar la vida o sólo la repite? ¿Puede un artista saltarse las normas éticas y morales de que nos hemos provisto para crear su producto estético, o ha de estar sometido a las reglas de todos?

Lo atractivo de Intento de escapada es la confrontación ideológica. El debate se sustenta sobre la descripción de videos, fotografías e instalaciones. La crudeza de estas imágenes apela a los lectores para que se interroguen a sí mismos acerca de su visión del Arte.

El punto débil de la novela radica, precisamente, en su ejecución. El yo-protagonista (Marcos) que asume la narración de los hechos es demasiado inocente y manipulable, de manera que no nos lo creemos. Jacobo Montes, pese a sus posibilidades, es un personaje desdibujado. Un sujeto ausente. Quizá si la novela se hubiese escrito en tercera persona, y hubiésemos tenido acceso a su interioridad, no sólo se habría ganado el estatus de personaje redondo, sino que nos habría alumbrado a los neófitos sobre los motivos, dudas y desgarros íntimos que empujan a un artista a lo más alto de la indecencia humana (ya sea por sus planteamientos teóricos o por sus ejecuciones prácticas).




Pese a ello, merece la pena dedicar un par de tardes al libro. Remueve las conciencias. Critica el Arte contemporáneo. Aborda el tema de la emigración irregular sin subterfugios que enmascaren su dureza. Sobrecoge. Impacta.

Para lectores con mucho aguante.   

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