sábado, 16 de agosto de 2014

La leyenda de la isla sin voz



 

La leyenda de la isla sin voz, Vanessa Montfort. Plaza & Janés. 432 páginas. 18´90 euros. 2014.

 
¿Cómo se le ocurriría a Charles Dickens la historia que nutre su Cuento de Navidad? Vanessa Montfort arma su nueva novela, La leyenda de la isla sin voz, para esbozar una hipótesis plausible. No obstante, más que una novela, el libro –pese a sus 400 páginas– se asemeja a un cuento, por el tratamiento de la trama. Montfort, como el Kaurismaki de Le Havre, aborda asuntos espinosos (el maltrato a la gente sin recursos, el racismo, la explotación del débil, la marginación, la exclusión social) desdeñando el realismo al uso. ¿La razón? Porque ambos autores confían en el sentimiento de comunidad, en la transformación colectiva del entorno. De ahí que la escritora realice una cruda denuncia de los efectos del capitalismo –proyectados sobre la crisis de1837 y las sucesivas hasta hoy– sin caer en la –tan de moda– violencia gratuita. Donde otros autores se habrían regodeado con escenas morbosas y hubieran salpicado los párrafos de sangre, Montfort insinúa la vejación para centrarse en el tema que centra el libro: la solidaridad humana.

La leyenda de la isla sin voz nos remonta al Nueva York de 1842 y 1867, y en concreto, a la isla-penal-asilo-correccional-manicomio de Blackwell, a donde la autoridades desterraban a sus excedentes civiles: “Blackwell era el resultado de cómo una población en crisis, asustada por el hambre, deprimida y paralizada se dejaba hacer, de cómo el gobierno de una sociedad empobrecida gestionaba sus recursos sobrantes” p. 229. Hasta allí se dirige Charles Dickens tras recibir una inquietante carta que rogaba su ayuda. Si bien es cierto que Vanessa Montfort retrasa hasta la mitad del libro el descubrimiento de la misión que Dickens va a emprender en la isla (en una interminable presentación de personajes que quizás podría haber sido algo más corta), una vez se pone en marcha el engranaje, el libro atrapa tanto por los imprevistos meandros del guión, como por el optimismo que desprende.

Junto al afamado escritor, la coprotagonista del libro es la enfermera Anne Radcliffe, verdadero bastión de la lucha por la libertad y dignidad humanas. De sus labios salen las proclamas más entusiastas de la obra (“Yo lucho, precisamente, porque creo que la libertad puede conquistarse” p. 347). Montfort se retrotrae al siglo XIX para hablarnos también del siglo XXI. Critica un sistema económico que infarta cada década. Ya lo escribe Riechmann: no hay salida a la crisis dentro del capitalismo. El científico Antonio Turiel alerta de que la crisis no acabará nunca. La leyenda de la isla sin voz parece confirmar ambas premisas, pero a la vez, combate el pesimismo. La unión de la ciudadanía (en el caso de la novela, de un grupo formado por un niño inválido –Tim–, un gigante negro –Tom–, una prostituta –Darcy–, una enajenada por amor –Lili–, un hombrecito albino –Ratón–, un irlandés desarraigado –McCarthy–, un antiguo cochero atormentado por un homicidio imprudente –Marley–, una indígena maya entrada en años –Florita– y una anciana que cree ser marquesa –Ada–) y la cooperación por un objetivo común otorgan esperanza, confieren albedrío y encienden la chispa de la felicidad. Con estos mimbres, el miedo se destierra y las circunstancias adversas pueden cambiarse.

 
Quien necesite un baño de realidad e idealismo para sobrevivir al calor sofocante de la crisis, no debe desaprovechar las playas de esta interesante isla sin voz. Saldrá de las 400 páginas con miles de gotas de optimismo y coraje refrescando la potencia de su voluntad. 

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