martes, 12 de junio de 2012

El hombre que gritó la Tierra es plana



Estamos de enhorabuena. En los últimos meses se han publicado en este país varios libros que miran de frente a la crisis política, social y energética. Autores como Belén Gopegui, Jorge Riechmann, Emilio Bueso y Roberto de Paz nos reconcilian con la literatura ideológica. Sus libros sostienen la mirada de la actualidad. Escrutan en el interior de sus ojos. Y luego nos relatan lo que esconden, pese al riesgo de que nos transformemos en estatuas, de que el miedo paralice nuestros músculos o de que el desengaño encoja nuestra fe en lo real.  

El hombre que gritó la Tierra es plana es una buena novela, y además, resulta necesaria. Su autor relata con un bello dominio del lenguaje la historia de una búsqueda y la superación de una pérdida. Matt, un joven trabajador social que se ha quedado solo por la muerte violenta de su esposa, decide regresar a los EEUU, donde años atrás, lo abandonó su enigmático padre. Como Telémaco, como la mayoría de los personajes de Paul Auster, el protagonista emprende una odisea hacia el conocimiento de una verdad que fascina y aterra alternativamente. La soledad que guía su camino es un estigma heredado de su progenitor y de su abuelo. Forma parte de una cadena. Sólo cuando remonte el cauce hacia el pasado, decidirá si se desprende o no de su vacío y de su desarraigo.

En la novela, pues, se solapan distintos tiempos. La ventisca de la narración que construye Matt mezcla la nevada de diferentes épocas. Así, nos relata en paralelo su infancia con su padre, su encuentro con su esposa, su hastío existencial en Madrid y su aventura americana.   

Caleidoscopio. Roberto de Paz multiplica las miradas que evalúan y miden al gran protagonista de esta historia, que es el padre de Matt. Cada personaje de uno y otro lado del Atlántico refleja una imagen suya. Muchas son también las identidades con que él se presenta a lo largo de su vida. Es un reformador nato de su yo. Un superviviente. Un desposeído cuya meta consiste en salvarnos al resto. ¿Pero de qué amenaza? De nosotros, de la codicia humana que orada los recursos energéticos de la biosfera y hunde la economías. ¿Con qué recursos? Pocos pero suficientes: la fe en las posibilidades de cambio; la temeridad de quien arrastra una vida incompleta, mutilada; el optimismo contagioso; y una energía descomunal, a prueba de melancolías y depresiones.

 
La novela avanza morosamente hacia un desenlace climático que abarca las últimas ochenta páginas. El ritmo se acelera. La narración biográfica cede paso al thriller; la memoria, al manifiesto ecológico con visión de futuro. En estos tiempos que corren, su lectura es obligatoria. “La Humanidad está en condiciones de poder exterminarse a sí misma y al resto de las especies”, alerta el científico Pedro Prieto, quien sostiene que depende de nosotros “que pueda haber futuro para la vida sobre la Tierra”. ¿Y tú, lector, qué harás? Roberto de Paz ha encendido una antorcha con su libro para iluminarnos. No te quedes a oscuras.

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